“El consumo de peces desarrolló la capacidad cerebral del ser humano”

 

enerzona-omega3-capsulas SALMÓN

La ingesta de pescado fue una de las causas que contribuyó a desarrollar la capacidad cerebral en los antepasados homínidos y, al contener un ácido de la serie omega-3, previene de enfermedades neurovegetativas, como el alzheimer y el párkinson. La directora del laboratorio de Neurobiología Celular de la Universidad de La Laguna (ULL), – La Universidad de La Laguna​ es una universidad pública situada en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, en Tenerife–, Raquel Marín, asegura que el desarrollo de la actividad y el volumen del cerebro crecieron de forma exponencial cuando el ser humano empezó a comer pescado. La explicación está en que el pescado, sobre todo el azul, y algunas algas contienen ácido docosahexaenoico (DHA), que ayuda a la función cerebral.

Este ácido graso esencial poliinsaturados de la serie omega-3 puede influir para evitar el deterioro que causa el alzhéimer, de ahí que Marín, doctora en Biomedicina, recomiende ingerir pescado tres veces a la semana o, en su defecto, cápsulas que se comercializan con DHA. El ácido docosahexaenoico se encuentra en cantidades superiores en las sardinas, salmón, arenque, atún y también en el aceite de hígado de bacalao y en algunos micros algas, –Espirulina.

Para llegar al  Homo sapiens  el cerebro fue progresivamente desarrollándose en su actividad y en su volumen. Una de las explicaciones de esta evolución está relacionada con los primeros asentamientos cerca de mares y ríos, lo que permitió a los homínidos a acceder a fuentes de alimentación marinas y a cambiar sus hábitos alimentarios.

Las más recientes investigaciones han demostrado lo que ya intuíamos: la grasa del pescado azul mejora la memoria, la concentración, el ánimo, la visión y hasta el rendimiento escolar. Pocos estudios son tan llamativos como el publicado en Journal of Neuroscience. Investigadores de la Universidad de Oregón (EE.UU.) comprobaron cómo monos macacos alimentados con una dieta rica en DHA (un tipo de omega-3 de cadena larga, presente en el pescado) habían desarrollado cerebros sorprendente-mente similares a los de los humanos, con rutas cerebrales altamente conectadas y bien organizadas. En cambio, los monos que habían seguido dietas deficitarias en DHA tenían redes neuronales más limitadas y menos organizadas. “Los resultados obtenidos son indiscutibles, asegura Damien Fair, profesor de Psiquiatría y Neurociencia del Comportamiento en la Escuela de Medicina de la Universidad de Oregón, y director del trabajo.

Las imágenes cerebrales de alta tecnología mostraban claramente cómo los monos con las dietas más ricas en DHA eran los que habían desarrollado mayores conexiones neuronales y rutas visuales”.

“El pescado es bueno para el cerebro”, nos repetían nuestras abuelas, y la ciencia se empeña en darles la razón.  –De niña, no salía de casa sin que mi madre me diera una cucharada de aceite de hígado de bacalao. Diferentes investigaciones han comprobado cómo dietas ricas en omega-3 de pescado (presente sobre todo en pescados azules como el salmón, las sardinas, bacalao o el chicharro) no solo protegen las neuronas frente al deterioro, sino que se relacionan con mejoras en el rendimiento mental, la memoria, la concentración, la agudeza visual, el estado de ánimo, el déficit de atención con hiperactividad e incluso enfermedades psiquiátricas como la depresión y la esquizofrenia.

“Los omega-3 son unos ácidos grasos esenciales necesarios para mantener una buena salud, pero que el organismo no puede fabricar, por lo que tenemos que conseguirlos a través de la dieta”, aclara el profesor Guillermo Reglero, catedrático de Ciencias de la Alimentación de la Universidad Autónoma de Madrid, que lleva muchos años investigando los beneficios de estos ácidos grasos.

En la Prehistoria. El DHA es un componente primordial del cerebro humano, muy importante tanto para su desarrollo como para la visión. Por eso, por ejemplo, las leches maternizadas lo incluyen en sus fórmulas. La posibilidad que ofrecen ahora las imágenes de alta tecnología para ver el cerebro en acción ha permitido a la ciencia comprobar con objetividad el efecto de este nutriente en el cerebro de personas de todas las edades. Un tema de estudio apasionante es el del papel que desempeñó el pescado en el desarrollo del cerebro humano a partir del de los primates.

Según este enfoque, las dietas ricas en pescado, anfibios y moluscos de nuestros antepasados prehistóricos, –que vivían preferentemente cerca del mar o junto a ríos y lagos–, habrían sido el origen de nuestro cerebro superior. “El mayor cambio cerebral en los humanos sucedió hace unos 200.000 años”, explican los expertos del Franklin Institute de Filadelfia (EE.UU.). A través de estos restos prehistóricos, se ha observado que los humanos que vivían cerca del mar y seguían dietas ricas en pescado fueron los que más desarrollo cerebral experimentaron. 

Como contraste, poblaciones de australopithecus sin acceso a fuentes de omega-3 de cadena larga mantuvieron una capacidad cerebral no mayor que la de un chimpancé durante millones de años. Stephen Cunnane, profesor de la Universidad de Toronto, que lleva muchos años estudiando la relación entre los omega-3 y el desarrollo del cerebro humano, lo aclara gráficamente: “No hace falta mucha inteligencia para recoger almejas o cangrejos, pero una alimentación rica en ese tipo de alimentos aportó a nuestros antepasados la energía y los nutrientes necesarios para el desarrollo del cerebro”.

Desgraciadamente, la dieta occidental actual es claramente deficitaria en este ácido graso, en comparación con la dieta con aquella que nos permitió evolucionar a los humanos y con la que se establecieron nuestros patrones genéticos. Además, diversos estudios indican que esa carencia puede favorecer el desarrollo de enfermedades inflamatorias y autoinmunes. En cambio, se ha observado que el aumento de consumo de omega-3 tiene efectos supresores en los factores de riesgo de esas enfermedades.

Hasta la vejez. Un riguroso estudio realizado hace pocos meses por expertos del Departamento de Neurología- Charité de la Universidad de Berlín ha comprobado cómo una dieta suplementada con omega-3 de cadena larga mejora la función cerebral de las personas mayores. Los investigadores dividieron a los voluntarios (35 hombres y 30 mujeres de entre 50 y 75 años) en dos grupos. Uno recibió suplementos de omega-3 y el otro, un placebo, ambos durante 26 semanas. Las conclusiones son reveladoras: las imágenes cerebrales han mostrado claras mejoras en las funciones ejecutivas del cerebro en el grupo que tomó los suplementos. Este grupo mostraba, además, efectos beneficiosos en la integridad de la sustancia blanca, el volumen de las sustancia gris, el espesor de la arteria carótida y la presión arterial diastólica. Esas mejoras no se vieron en el grupo que tomó el placebo.

Los autores del trabajo recalcan que el estudio no solo demuestra los beneficios de estos ácidos, sino que aclara los mecanismos que producen esos resultados. “Sus efectos se observan desde la etapa fetal”, recalca el profesor Guillermo Reglero. “Datos del proyecto europeo Nutrimenthe indican que los hijos de mujeres que consumen más pescado durante el embarazo obtienen después mejores resultados en pruebas de inteligencia verbal, habilidades motoras complejas y comportamientos de mayor socialización. Y esos beneficios se extienden a la propia embarazada.

Un consumo suficiente de omega- 3 durante la gestación reduce el riesgo de depresión pos-parto, parto prematuro y de dar a luz niños con bajo peso. Pocos nutrientes específicos pueden demostrar tantos beneficios para la salud en todas las etapas de la vida”, asegura este experto. Con todas esas evidencias científicas en la mano, no es extraño que veamos anunciados suplementos con omega-3 y alimentos procesados enriquecidos con él. La pregunta es: ¿son todos esos omega-3 iguales? ¿Aseguran esos productos los mismos beneficios que aportaría consumir de forma habitual pescado azul? 

Cuestión de calidad. “La respuesta está en el rigor de quien investiga, desarrolla y pone esos productos en el mercado”, puntualiza el profesor Reglero. Y este experto sabe de lo que habla, ya que en su departamento de la Universidad Autónoma de Madrid se han pasado más de una década desarrollando un producto con omega-3 de pescado que incluye esos ácidos grasos en otros productos cárnicos como el pollo, el pavo o el cerdo.

“La idea era que, además del pescado, la leche enriquecida con omega-3 de pescado y los propios suplementos, la población tuviera a su alcance otra forma de asegurarse la ingesta de este nutriente. El producto que finalmente hemos desarrollado, en colaboración con una empresa de alimentación también española, combina dos sustancias beneficiosas: antioxidantes de romero y aceite enriquecido en omega-3 de cadena larga. Además tiene la ventaja de que está exento de metales pesados –asegura.

Como demostramos en un trabajo publicado en Molecular Nutrition and Food Research, los omega-3 de nuestro producto se mantienen más estables que los del pescado durante la cocción. Sabemos que, con el ritmo de vida actual, no siempre se tiene tiempo para ir a comprar a la pescadería o para preparar un plato con pescado azul. Para esas situaciones, un alimento funcional con omega-3 de pescado, desarrollado y testado por la ciencia, puede ser una muy buena opción”, concluye este experto.

–Creo que ayudará mucho a futuras generaciones esta iniciativa, porque será una manera de asegurarnos la ingesta de esta grasa esencial en el ser humano. De otra manera: corremos el riego de retroceder en la especie con los cambios alimenticios que se están produciendo a nivel mundial…

El clan de los omega 

-Hay dos clases de omega-3: los de cadena larga (EPA y DHA), presentes sobre todo en el pescado, y los de cadena corta (ALA), presentes en frutos secos, semillas de lino…

–El organismo convierte solo parcialmente los ALA en EPA y DHA, la clase de omega-3 que ha demostrado mayores beneficios para el desarrollo cerebral en los niños y la función cerebral.

–Por su parte, los ácidos grasos esenciales omega-6 están presentes en aceites vegetales como los de girasol, maíz o soja. Se cree que los humanos evolucionamos con una proporción omega-6/omega-3 de 1:1 y en cambio la dieta actual tiene una proporción de 20:1 favorable a los omega-6 (incluso de 40: 1 en algunos casos).

Hoy se considera aceptable una proporción omega-6/ omega-3 menor de 4 a 1, aunque dietas con mayores proporciones de omega-3 se asocian con menores niveles de inflamación de bajo grado (un tipo de inflamación relacionada con muchas enfermedades crónicas). Aconsejo a mis pacientes cuando han superado cualquier patología inflamatoria: consumir 3 veces a la semana 2,5 gramos de omega 3. Mientras se tenga un proceso inflamatorio, se debería de consumir diariamente de 2,5 a 5 gramos al día.

El aceite de oliva virgen extra pertenece a otra familia de grasas insaturadas. Los expertos atribuyen muchas de sus propiedades a su alto contenido en poli fenoles vegetales.

Resumen

La alimentación ha sido una importante fuerza selectiva en la evolución humana. Los primeros homínidos obtenían energía y proteínas de frutas, verduras, raíces y nueces. La transición de la vida arbórea a las llanuras fue posible gracias a la emergencia de la postura erecta, la piel lampiña con numerosas glándulas sudoríparas y el color oscuro. Este cambio amplió el radio de acción de los humanos primitivos y favoreció la adopción de prácticas de alimentación más eficientes como la carroñaría, la cacería y la antropofagia. El Cro-Magnon y otros humanos modernos, dependieron más de la cacería de grandes mamíferos, lo cual aumentó considerablemente la proporción de carne de la dieta. A partir del período paleolítico (60 000 años), la sobre-explotación de recursos, los cambios climáticos y el crecimiento de la población propiciaron un patrón dietario más diverso, que contribuyó a establecer la estructura genómica del hombre moderno. La dieta paleolítica incluyó peces, mariscos y animales pequeños, así como vegetales, más accesibles por el desarrollo de tecnologías como las piedras de moler y los morteros. La composición de macro nutrimentos de esta dieta fue de 37% de energía de proteínas, 41% de carbohidratos y 22% de grasas, con una relación de grasas poliinsaturados-saturadas favorable y colesterol bajo. La emergencia de la agricultura y de la ganadería, y más recientemente de la revolución industrial, ha modificado la dieta sin que ocurran cambios paralelos de la estructura genética, fenómeno conocido como discordancia evolutiva. Las principales modificaciones de la dieta son el mayor consumo de energía, de grasas saturadas, de ácidos grasos omega-6 y de ácidos grasos trans, y la menor ingestión de ácidos grasos omega-3, de carbohidratos complejos y de fibra. Estos cambios se han asociado a un menor gasto de energía en comunidades urbanas. Los grupos de alimentos con mayores modificaciones son los cereales, los lácteos, los azúcares refinados, los aceites vegetales refinados y las carnes grasas de especies crecidas en confinamiento. Los riesgos a la salud asociados con estos cambios dietarios están en la raíz de la epidemia de enfermedades crónicas relacionadas con la nutrición. Será necesario adoptar cambios que nos acerquen nuevamente a la dieta paleolítica, con la ventaja de que disponemos en la actualidad de una amplia tecnología alimentaria.

Palabras clave: Evolución; dieta; riesgo de enfermedades crónicas.

–En su libro  la “Inflamación silenciosa” el Dr. Barry Sears explica como el ADN del ser humano sigue anclado en el pasado. No se adapta a los nuevos alimentos y millones de seres humanos padecen miles de enfermedades “raras” por carencia de Omega 3 en su nutrición diaria.

Deberíamos repasar nuestra despensa, neveras y solo “pensar” donde está la evolución de la materia. Simplemente repasando la historia nos llevará a la fuente del saber. Aunque mantengo la esperanza que la propia naturaleza en su lucha por la supervivencia, una vez más; nos enseñará el camino…

 

FOTO LA INFLAMACIÓN SILENCIOSA

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